P. Raúl Ignacio Kemp Lozano. El hombre detrás de las obras de Dios

Por: Línea Recta.

9 noviembre, 2017.

  • Movimiento obrero social.
  • Centro de rehabilitación de alcohólicos “Cotolengo”
  • El buen pastor.

LR. Usted nació un 14 de febrero, san Valentín, amor y amistad; su padre D. Víctor Coopeland Kemp, inglés que llega a ser maquinista de ferrocarriles en México, y líder sindical; y su madre Doña Luz María, excelente cocinera, firme ama de familia y católica comprometida. ¿Quién influyó más en su formación y carácter?

PRK. Mi Padre fue alcohólico, y en un hogar conde hay alcoholismo, la que lleva las riendas es la madre; mi madre con 7 hijos tenía que hacer maravillas para, primero, poder darles de comer, para tenerlos en colegios privados y que no faltara lo indispensable, que es lo que le agradezco a mi madre; pese a las dificultades económicas, siempre quiso la mejor educación para sus hijos.

Cuando tú ves una madre emprendedora y firme, aprendes que tienes en la vida un ejemplo, te enseña que no puedes claudicar ante ninguna dificultad.

Respecto a mi padre, yo tuve muy poca comunicación con él, ya que a los 12 años ya estaba yo en el seminario.

LR. ¿Su formación y su carácter para ser sacerdote de dónde provino?

PRK. Yo no tenía ningún perfil para ser sacerdote; me eduqué en un colegio católico muy riguroso, pero la vocación te viene; fue una sorpresa para mis maestras y monjas que me educaron, cuando les dije que yo quería ser sacerdote, al igual que en mi casa. Fui un niño muy inquieto, hiperactivo, un “niño de la calle”, pero con firme disciplina de la casa.

Cuando yo dije “esto quiero hacer”, pues la verdad “eso quería hacer”.

LR. Usted es el auténtico hijo “sándwich”, 3 hermanos antes. Ana María, Víctor, Guillermo, Ud. Es el 4to y 3 después María de la Luz, Federico y Tomás; este hijo es definido como independiente y generoso, rebelde.¿Usted sintió así esa independencia, generosidad y rebeldía?

PRK. Pues yo pienso, que sí y que son niños que “les vale”; los niños de hace años éramos traviesos, hiperactivos, pero obedientes.

En el seminario tenía mi “clan” de amiguitos que éramos igual inquietos, y siempre nos tenían marcados y a veces castigados; aun así, éramos festivos, alegres y traviesos, pero no irrespetuosos.

LR. ¿Con quién de sus hermanos tenía más empatía?

PRK. Mi hermana Ana María, fue como nuestra segunda madre. Ella era la más grande, muy espiritual, disciplinada y nos traía “en línea” a todos, pero era una hermana muy generosa y responsable, casi era como la mamá de mi mamá.

Podría decir que con mi hermano

 Víctor tuve menos empatía, él era el rebelde, un “catrín”, guapo, elegante y seductor, y yo era todo lo opuesto.

Sin embargo, aunque todos los hermanos éramos diferentes, había mucho calor de hogar entre nosotros, ya que mi mamá nos enseñó a compartir; de su comida siempre sacaba un plato para los pobres.

Recuerdo que yo era el “mandadero” de mi casa, pero después comprendí que mi mamá era al que le tenía más confianza, ella sabía que aunque hiciera rabietas iba a cumplir con lo que ella me mandaba.

LR. En San Luis Potosí, donde usted nace, estudia en el colegio Motolinía, de exigente disciplina; su formación sacerdotal en las Seminarios de San Luis, ciudad de México con los jesuitas y Yucatán; En los seminarios, la disciplina y educación, aunque permeada por el amor de Dios, eran tan o más fuerte que la militar. ¿Qué tanto trabajo le costó vivirla?

PRK. No me costó mucho trabajo, pues de 2º y 5º de Primaria, estudié en el Colegio Motolinia, dirigido por religiosas, que eran en verdad tan exigentes, que a veces me sentía como en el ejército; entraba a las 9 y salía a las 5. Recuerdo que solito me levantaba temprano, pues caminaba 7 kilómetros para llegar.

A los 12 años y para cursar 6º, entro al seminario; me levantaba a las 5, pues entraba a las 6: oraciones, meditación, misa, desayuno, clases en las mañanas; comida en silencio, descanso, clases, tareas, clases, oraciones, descanso y cena; no parábamos y salía a las 8 de la noche, pues era alumno externo.

LR. ¿Qué valores le inculcaron?

PRK. Disciplina, honestidad, responsabilidad, no claudicar, ser firme en lo que te propones, aunque te cueste.

La formación del seminario era muy rígida y disciplinaria, con los jesuitas ni se diga; pero yo lo veía normal porque era a lo que estaba acostumbrado; de hecho llegué a pensar entrar al colegio militar, yo quería ser cadete.

LR. En el Seminario de San Luis Potosí, su tierra natal, comienza sus estudios al sacerdocio, después en la ciudad de México. ¿Cómo es que llega a Yucatán y aquí se queda?

PRK. Le pedí a mi director espiritual (Obispo Francisco María Aguilera) que me mandara a un lugar de tierra caliente, ya que el frío me hace mal, y cuando terminé de estudiar Filosofía con los jesuitas, él hizo mi cambio para que viniera a Yucatán.

Cuando llegué a mis 20 años, noté una gran diferencia: en San Luis, desierto y gente buena, pero más bien seca; aquí hermosa vegetación, el verde predomina y gente no sólo amable, sino cálida. Entonces me dije: “aquí quiero vivir y aquí estoy”.

 

LR. Una vez ordenado sacerdote en Yucatán, oficia su primera misa en Buctzotz. ¿Por qué ahí?

PRK. Porque cuando era seminarista allí me mandaron a hacer mi servicio social, ahora tiene 7 mil habitantes, pero antes era un pueblo campesino, con gente que tiene mucho ganado y ranchos, yo llegué allí caminando, pues la carretera sólo llegaba hasta Temax; Ahí tengo contacto con las necesidades del pueblo, pero también con sus maravillas. Yo tenía entonces 20 años, era el que daba catecismo, daba la primera comunión y predicaba en la iglesia.

En Buctzotz aprendí a conocer más a fondo a la gente, aprendí a andar a caballo, conocí sus ranchos y me enamoré más de mi trabajo.

LR. Lo nombran vicario de Itzimná y después de San Cristóbal, en esos tiempos zona de Cordelerías y vecina al Mercado Lucas de Gálvez, habitado por gente socio-económicamente marginada y con grandes necesidades. ¿Qué vio en ellos que le hizo despertar el deseo de ayudarlos?

PRK. Me mandan a san Cristóbal porque yo tenía ideas muy “sociales”. Allí vi las necesidades de la gente: en aquella época los salarios eran muy pocos, no tenían tantas prestaciones como ahora, y pues “me aventé”; tenía las ideas y los deseos de ayudar; entusiasmo no me faltaba, pero sí preparación, por lo que mis superiores me mandan a México, a estudiar un diplomado sobre Servicio Social.

LR. ¿Por qué usted decide tomar ese Diplomado y en qué le ayudó?

PRK. Pues yo no lo decidí, me mandaron a tomarlo, un Diplomado del Secretariado Social Mexicano. Hace 60 años éste tuvo problemas con el gobierno, porque estaban muy adelantados en la cuestión social, en obreros, derechos, huelga, etc.; en el diplomado te dan una idea de todos los problemas que hay a través de toda la república, y de que cada región tiene sus problemas que son muy diferentes entre sí.

A este diplomado mandaron también al P. Jorge Blanco, sólo fuimos 2 sacerdotes.

LR. Pide y obtiene el permiso del Sr. Arzobispo D. Fernando Ruiz Solórzano, para el inicio de su proyecto social. ¿Era una persona comprometida socialmente el arzobispo Ruiz Solórzano y usted en qué se lo notaba?

PRK. En que me dejaba ser; de hecho el me autorizó a hacer el Primer Congreso Obrero en la Casa de la Cristiandad.

Por mi parte, yo hacía de todo para atraer a la gente y que se fijara en el movimiento social que buscaba; recuerdo que un día llegó el circo Unión, en lo que era la Casa del Pueblo, y yo siendo vicario se me ocurrió para el día de Reyes pedirle al Sr. Atayde si me prestaba el elefante, el camello y el caballo, para sacar a los Reyes, y él muy sorprendido accedió, ya que nunca nadie se lo había pedido antes. Así que fui a la sacristía y saqué los vestuarios de los Reyes para vestir a las personas, y así dar un paseo por toda la colonia.

Muy audaz, algunos dirían insensato, pero funcionó pues mucha gente se interesó y se integró.

LR. Pide y obtiene de sus superiores el permiso para trabajar en pro de la clase trabajadora, llegando a formar el Movimiento Obrero Social (MOS). En esos tiempos (1962) de la Guerra Fría, cualquier movimiento social, era visto como peligroso y aun como “Comunista”. ¿Tuvo momentos difíciles?

PRK. Aunque era algo fuera de serie y no se acostumbraba, ni era bien visto que un cura se metiera en esas cosas, creo que les caí bien aquí en Yucatán.

Un día me regalaron una fotografía donde estoy con el Gobernador de hace 60 años; creo que tenía simpatía de que un cura tuviera relaciones con los sindicatos de la Coca-cola, Pepsi, etc. Pensaba que lo que yo estaba haciendo, ayudaría a la clase trabajadora.

Inventé unas jornadas obreras de vida cristiana, que eran de 12 horas, y dimos esos cursos como a 10 mil obreros.

Ahí sentí más, que el alcoholismo era devastador entre ellos y que los obreros necesitaban una buena educación.

Entonces se me ocurrió fundar el colegio Motolínia para los hijos de los trabajadores, el cual después se lo entregué a las hermanas, Hijas del Espíritu Santo, que fueron las que me educaron en San Luis; las traje a Mérida, y hasta hoy en día están en ese colegio.

LR. ¿Qué buscaba el MOS?

PRK. Con el gran apoyo de mucha gente comprometida, lo que buscábamos era cristianizar a la clase obrera, el bienestar de la familia, y por ende, una mejor calidad de vida; para lograrlo, se les enseñaba artesanías, artes y oficios, hacíamos convivencias de la familia, retiros espirituales, fomentamos el arte y la cultura, todo encaminado a buscar y lograr un espíritu de solidaridad.

LR. Nos imaginamos que usted gozaba y daba gracias a Dios, de los frutos y beneficios que emanaban del MOS: la Casa Obrera, mejora del nivel de vida en colonias marginadas, dispensario médico, las escuelas “Motolinía” y de “Artes y Oficios” y más… Si ya había logrado usted un proyecto de vida. ¿Cómo y por qué decide emprender otra obra más demandante y difícil que el MOS, la atención y rehabilitación de “borrachitos”, o enfermos alcohólicos?

PRK. Porque esa es la raíz del problema, “de nada sirve el arbusto si está podrida la raíz”.

Yo trabajaba en colonias muy pobres, como el Porvenir, la Hidalgo, san Camilo, etc.

Como la Iglesia es el punto de reunión en un barrio, la gente me buscaba para contarme sus problemas, pedir ayuda; muchos, muchos de sus problemas eran del “borrachito” o enfermo alcohólico, que quería, pero no sabía cómo dejar ese vicio, o de familias dañadas por ese terrible vicio o enfermedad.

Eso me acabó de convencer, que yo tenía que ayudarles a rehabilitarse y empezar ese proyecto social.

LR. En 1985, sigue concretando su sueño, al nacer el Centro de Rehabilitación de Enfermos alcohólicos “Cottolengo”. ¿Por qué le llamó “Cottolengo”?

PRK. Primero tuve que pedir permiso, fui con D. Manuel Castro, quien confiaba en mis superiores y ellos en mí, por lo que me permitieron hacerlo, aunque no teníamos experiencia.

El nombre fue en honor a un santo muy popular en Italia, san José Benito Cottolengo de Turín.

LR. ¿Por qué, un espacio tan lejos del Centro de Mérida y tan amplio?

PRK. Porque fue lo que conseguí para mi proyecto y fue gracias a D. Gustavo Ricalde, dueño de los Leones, y Dunosusa, que era un católico comprometido y generoso; un día nos invitó al Padre Buenfil y a mí y me propuso comprar el terreno y dármelo; yo sólo le pedí 1 hectárea, y ahí iniciamos; gracias a Dios y a gente generosa, ahorita contamos son 8 hectáreas.

Cuando trabajas con drogadictos y alcohólicos, te vas dando cuenta que psicológicamente no debes encerrarlos, sino darles espacios amplios para que se relajen, se sientan libres, tengan contacto con la naturaleza.

El inicio fue muy difícil, por la falta de experiencia, no sabíamos cómo tratar a las personas y teníamos miedo de cómo pudieran reaccionar.

Yo era capellán del hospital O’horán dónde atendían las hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul; con ellas, especialmente la madre Mercedes Cerero, de Bilbao, España, fue con las que planeamos todo esto.

Tuvimos que adaptarnos a las necesidades de los residentes, su lenguaje prosaico, sus costumbres, para poder entenderlos y ayudarlos.

Si existe Cottolengo, es en gran parte por su apoyo, que hasta la fecha nos brindan.

De la obra de San José Cottolengo, como ahora opera en Turín, aprendí cómo manejar a la gente, por módulos; ahí cada módulo tiene un nombre y es más fácil organizarlos.

También me puse a estudiar los Kibutz de Israel, comunidades que gracias a ellas se levantó Israel, porque todos trabajan y colaboran.

LR. Al tener un padre alcohólico ¿Siempre supo que quería hacer algo con las personas que sufren este problema?

PRK. No, al contrario, hasta ahora, estando aquí, comprendo que mi papá estaba enfermo. En aquel momento cuando era pequeño, tenía resentimiento y por ello nunca tuvimos una relación cercana.

LR. “Vox populi, Vox Dei”, los beneficios de Cottolengo. ¿Qué logro es el que más le satisface y del que da más gracias a Dios?

PRK. “Salvar un alcohólico, salvar una familia”, es nuestro lema.

LR. Otra obra que usted ha emprendido, es “El Buen Samaritano”. ¿Por qué decidió emprenderla? ¿En qué consiste?

PRK. Porque no todos se rehabilitan, no puedes obligar a una persona, ella lo tiene que querer; hay muchos que se van, pero tampoco los podemos dejar desamparados, entonces para eso fue el Buen Samaritano, para los indigentes; ellos se bañan, cenan, duermen, desayunan y se van al día siguiente, sin costo alguno. Nada más vienen de noche, y la mayoría los trae la policía, los cuales checan que no ingresen alcohol, drogas o armas, y posteriormente nos encargamos de ellos.

Al día vienen entre 20 y 25, no tenemos más cupo, por lo general son los mismos, porque ya consideran ésta su casa.

Hemos tenido apoyo para esta obra, del Arzobispado, Ayuntamiento de Mérida y de otras instituciones.

LR. Sabemos que goza y le da tranquilidad, lo que se llama “El reposo del Guerrero”, es el dar catequesis a los niños. ¿Ha tenido tiempo para ello?

PRK. No, pero voy al colegio Motolinía, soy el capellón del colegio, yo confieso a los niños y les celebro misa, estoy en contacto con el colegio. Pero estoy organizado de tal manera que esto me da vida a mí, yo no espero nada, ni me quejo de nada.

LR. Por su carácter, sus diversas e intensas actividades, usted en Mérida es considerado como un “joven adulto” inquieto y hasta hiperactivo. ¿Cuál es su siguiente proyecto?

PRK. Ahorita mi siguiente proyecto, es conservarme sano para poder seguir ayudando. Siempre me preguntan “Padre, ¿y cuando usted falte?”, y yo les digo “pues ya vendrán otros que continúen”.

LR. ¿Se imaginó de chico que pudiera llegar a lograr todo lo que ha hecho?

PRK. Yo sabía que tenía que hacer algo, mi preocupación siempre fue la gente, aun desde niño.

LR. Hasta este momento de su vida. ¿Qué es lo que más agradece a la vida y a Dios?

PRK. El poder servir, ser útil y ayudar a los que lo necesitan.

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