“Mentiras, tremendas mentiras y estadísticas”

Por: Línea Recta.

11 enero, 2018.

Por: Carlos A. Rubi Molina

Las encuestas en el panorama electoral de 2018 en México

Existe una frase en inglés que, traducida, viene de manera regular a la mente cada vez que se acercan tiempos electorales, y con ellos todo el ecosistema que despierta a la par: “Hay tres tipos de falsedades: las mentiras, las tremendas mentiras y las estadísticas”. Atribuida al Primer Ministro de Gran Bretaña Benjamin Disraeli y probablemente esbozada durante el Siglo XIX, la frase conlleva mucho más que un comentario social: recalca, una y otra vez, la forma en la que los números y las estadísticas muestran sólo una parte de la historia, y cómo se pueden moldear al gusto del que las difunde, o a lo que queremos escuchar o leer.

Y esto nunca fue tan importante como en 2016.

El origen

Hacemos flashback a noviembre de 2016. El país: Estados Unidos. La carrera presidencial está más que decidida; no hay una sola encuesta, método analítico-estadístico o pundit (comentarista mediático experto) que le dé más que una modesta oportunidad de victoria al candidato del Partido Republicano, Donald Trump. El consenso está claro: Hillary Clinton, la postulada por parte de los Demócratas, ganaría las elecciones por una avalancha, armada de una probabilidad de entre 70 y 99%. Noventa y nueve por ciento.

Este pronóstico se mantuvo hasta el mediodía –o más— de la jornada electoral. Todos lo avalaban, aún cuando lo peor parecía todavía venir. Vaya, las encuestas no pueden fallar, ¿no? ¡Mucho menos las matemáticas! ¡Ni con el margen de error! Y después… poco a poco… el mapa se fue pintando de rojo. Trump, pasando la medianoche, se proclamaba victorioso en el Colegio Electoral norteamericano por un amplio margen, efectivamente convirtiéndose en el 45º Presidente Electo de los Estados Unidos.

La resaca

El año y medio posterior a esas fatídicas horas ha sido, para encuestadores y analistas, como despertar de la peor juerga de su vida. ¿Cómo pudieron haber fallado? ¿Un medio tan exacto y fiable? La realidad es que, en plena modernidad, una enorme cascada de motivos nos ha hecho más impredecibles que nunca en lo que respecta a la democracia.

Y, de cara a las elecciones más importantes en la historia de México—en la que se decidirá no sólo un sexenio más para los 120 millones de habitantes del país, sino el rumbo de los próximos (y críticos) 20 años de política internacional—, es una pregunta que nos debemos de hacer todos, no sólo analizando y diseccionando la debacle estadística estadounidense, sino observando los propios hábitos electorales del mexicano promedio.

En plena revolución digital, los métodos para realizar encuestas han evolucionado de manera dramática. Día con día, hay una mayor variedad de metodologías que se prueban e implementan por medio de los principales medios (como teléfono, visita a domicilio o captación pública) y otros canales más modernos, como internet, mensajeros instantáneos o servicios de chat, algunos incluso anónimos.

En particular, las tradicionales encuestas telefónicas, estandarte del polling de los pasados 50 años (¡o más!), se unen ahora a un número cada vez mayor de cuestionarios de muestra en línea, probables y no probables, de alto perfil, así como a los mercados de predicción y modelos algorítmicos avanzados, que usan mucha de la tecnología que vemos en productos de Silicon Valley.

Casi todos, en EEUU, mostraron el mismo error.

El recuento de los daños

Según el multicitado Pew Research Center, uno de los órganos de investigación analítica más importantes del planeta, no existe manera de señalar tan solo un motivo por el cual hubo una brecha enorme entre lo pronosticado y lo sucedido de facto en los comicios del vecino país. Sin embargo, las hipótesis más aceptadas (después de un largo proceso de disección) giran en torno a tres factores muy importantes, mismos que explicaremos aquí y que debemos tener en mente cada vez que nos topemos con un ejercicio de consulta:

1. Vicios de aplicación.

México—como Estados Unidos—es un enorme país repleto de zonas de difícil acceso y comunicación, principalmente en comunidades rurales y marginadas; una situación que surge en gran parte debido a la vastedad de sus territorios. Lo anterior origina un problema para encuestadores y analistas, ya que a pesar de que el voto está fundamentado en una oportunidad equitativa para todo ciudadano de un país, la voz de muchas personas no puede ser escuchada, dañando los números finales de un modelo de encuesta—especialmente telefónica o digital. Más aún, muchos de estos votantes son exactamente el target de algunos de los candidatos con un tinte más populista o nacionalista, como lo fue Trump en EEUU y lo ha sido Andrés Manuel López Obrador en los pasados 3 ciclos presidenciales.

2. Discreción del votante.

El fenómeno de “shy voters”, o votantes avergonzados de revelar su preferencia electoral, no sólo sucedió en EEUU el año pasado, sino que fue la base del más grande shock europeo en la historia reciente: la infame consulta del Brexit, o el plebiscito de salida de la Unión Europea que se llevó a cabo en Reino Unido. La gran mayoría de las encuestas señalaron una contundente victoria para el “nos quedamos”; por lo que, conforme se iban contando las boletas, crecía un extraño sentimiento que sentó las bases para el otro shock, ahora en la otrora colonia británica en América, tan sólo meses después. Y, mientras más lo pensamos, más lógico suena: si el mundo tiende cada vez más a alojar un extremismo político, donde lo liberal y lo conservador se coloca en los respectivos flancos opuestos del espectro, ¿cómo esperamos que alguien sea transparente con sus decisiones, si va a ser tildado de radical?

Está claro: si un votante tiene tendencias electorales que son vistas como “socialmente indeseables” –como han sido los casos de AMLO en México, Trump en EEUU y el Brexit en UK—, ¿por qué habría de expresarlas en público ante un extraño? Sobra decir que esta racional hipótesis –la cual, no obstante, cuenta con sus críticos— podría ser la que más afecte los números de un candidato en México, por lo que una tendencia a encuestas de forma digital y anónima podría aclarar un poco el panorama electoral rumbo a 2018.

3. Mala muestra electoral

Las encuestas basan su correcto funcionamiento en la selección de una muestra ideal del electorado, que represente las tendencias universales según el lugar donde se aplicará. Es por eso que hay una obligación suprema de las compañías que se dedican a esta actividad, de hacer un trabajo ejemplar de aleatoriedad y depuración al aplicar y tabular un ejercicio estadístico. En los recientes ejemplos, esto pudo haber fallado. Al comparar los perfiles que efectivamente votaron en los comicios, con los que proyectaron que lo harían en las encuestas, se encontró muy poco traslape entre ambos. Es decir: las personas que respondieron las encuestas con su preferencia electoral, terminaron no yendo a las urnas. Este es probablemente el factor más inocuo, ya que el votante puede simplemente ejercer su libertad de apoyar a un candidato y no tiene la obligación –legal, al menos—de acudir a votar. Por ello, debemos de recordar que las encuestas son simplemente una referencia del panorama, no un conteo punto-por-punto de quién va ganando, y por qué.

La penitencia

Este tercer punto nos lleva a la parte más importante del análisis. Esta información—y esto podrá sorprender a algunos— no es nada nueva: las encuestas siempre han tenido estos problemas. Las compañías que aplican encuestas están al tanto que la profesión está luchando con importantes desafíos de la industria, algo que estas pasadas elecciones sólo ha venido a destacar. Pero, como todo problema, también existe un área de oportunidad: es un gran momento de experimentación e innovación en el campo; claro, de todo error se aprende.

En México no hemos sido víctimas a gran escala en este aspecto como los ejemplos que citamos a lo largo del artículo y que sorprendentemente sucedieron a lo largo de 2 años en plena revolución de la información. Sin embargo, tenemos que recordar que el mundo en 2012 era muy distinto. Y aunque existen encuestadoras de abolengo en el país como lo son Consulta Mitofsky, el Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE), GEA-ISA y los órganos de análisis de los periódicos El Financiero y El Universal, ninguno de ellos es muy transparente en su metodología y parámetros, y muchas veces ofrece resultados sesgados o erráticos que algunos candidatos toman como canon o verdad absoluta. Es buen momento para que todas ellas revisen sus mejores prácticas y no incurran en los mismos errores que sus homólogas de otros países. Nosotros, como ciudadanos y parte de su mercado meta, merecemos eso y más.

El rol de las encuestas en una democracia va mucho más allá de simplemente proyectar la carrera; en el mejor de los casos, juegan el papel de brindar la misma voz a todos y ayudan a expresar las necesidades y los deseos del público, de tal manera que las elecciones puedan ser más eficientes: esto, a pesar de que durante décadas fueron vistas como baluartes blindados de la preferencia electoral. No son eso: son simplemente barómetros de la presión política que se gesta en un país y deben ser consideradas como tal: mentiras informadas, pero mentiras al fin y al cabo.

Por ello, la próxima vez que un candidato –del color que sea— se proclame campeón al ostentar una “ventaja” de 20 puntos en determinada encuesta, o minimice a la competencia por sus ínfimos número, tómalo con un granito de sal y recuerda la frase de Disraeli. Al fin del día, el voto es el que manda.

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