Entrevista: Antonio Peraza Rivero “Tony”

Por: Línea Recta.

6 febrero, 2018.

LR. La personalidad del ser humano está formada por la herencia y el medio ambiente. Usted ha comentado que nació en una familia de maestros, estrictos, de la vieja guardia. ¿Cómo eran ellos?

AP.  Nací y crecí en un ambiente rodeado de maestros. Cada uno de mis hermanos es un maestro en algo. Mi padre era de Dzilam González y mi madre de Valladolid. Se conocieron cuando Miriam, maestra rural, fue asignada a una escuela unitaria en la hacienda San Francisco Manzanilla, a unos cuantos kilómetros de Dzilam González, donde Eloy trabajaba de milusos en los varios negocios de mi abuelo Aristeo, dueño de un cine, un billar, una cantina, una calera, una paletería y unas placas de taxi. Precisamente ejercía el noble oficio de chafirete cuando mi madre entra en contacto con él y ocho meses después se casan. El proceso de seducción fue, según contaban ambos entre risas, muy al estilo de las películas de Pedro Infante, con momentos de picardía salpicados con simpáticas escenas de atracción-rechazo. Corría el año de 1954 cuando decidieron compartir sus vidas. 

Don Eloy era taxista (poseía una placa que le compró a la Liga Roja de Motul) cuando en sus viajes a Mérida decide, impulsado por una muy persuasiva Doña Miriam, entrar a la Academia Marden, donde descubrió y potenció sus capacidades para el estudio y el conocimiento. Deciden radicar en la capital del estado allá por 1963 o 64. 

Mis padres tenían personalidades distintas: Mi madre era muy amorosa, pero dura, firme, seria en sus quehaceres y compromisos, fría en algunos aspectos y sumamente responsable. Mi padre, por el contrario, era un ser bonachón, simpático, caebién, de sangre ligera, afable y generoso. Eso sí: ambos compartían una ética personal y laboral a prueba de huracanes. 

Y así como se complementaban, también chocaban. Recuerdo pláticas de sobremesa en donde la tensión de la plática se ponía espesa y solamente una ocurrencia burlesca, un subterfugio cómico de mi papá, una “volada”, rasgaba la solemnidad y de repente todos terminaban riendo.

Yo nazco en 1967, luego de tres hermanas, un hermano y tres abortos consecutivos. Llego a este valle de lágrimas a los ocho meses de gestación, a medio cocer y lejos, muy lejos de la manada. Mis hermanos me llevaban más de 10 años y desde entonces la soledad es una de mis mejores amigas. Los primeros recuerdos que tengo de mí mismo es dibujando en un rincón mundos fantásticos, mientras mi mamá almidonaba las camisas de mi papá. 

LR. Usted ha dicho que su hermano Eloy hizo que usted se aficionara al dibujo.

 

AP.  Mi hermano Eloy era -lo es aún- el nerd de la familia: inteligentísimo, con calificaciones de excelencia, lector voraz, atleta, y para colmo dibujaba unos caballos preciosos así, como no queriendo, mientras resolvía problemas matemáticos que me parecían fuera de este mundo. Esa destreza de ver que esos caballos podían casi galopar en el papel, me marcaron como niño y desde entonces tengo un corral psicológico que me limita a la hora de tener que dibujar un equino. Se lo atribuyo a la admiración que le tenía, le tengo y le tendré. Pero mi hermano me dio más que eso. Cuando se iba al Tecnológico de Mérida su mundo, su cuarto, se convertía en una caja llena de tesoros. Debajo de su hamaca estaban libros de todo tipo: desde los de álgebra avanzada de la temible serie Schaum, pasando por clásicos de la literatura sin faltar, Kalimán, Chanoc, Los Supermachos, la enigmática revista de fenómenos paranormales Duda, Mafalda, Peanuts y otras maravillas que hacían de ese espacio una fiesta para un rapazuelo que soñaba con ser algún día la mitad de inteligente que su hermano. Pero, claro, sus caballos siempre han corrido más rápido que mis dinosaurios.

LR. ¿Y qué nos puede decir de sus hermanas Ligia, Genny Beatriz y Miriam?

AP. Todas me han dado algo que atesoro, a pesar de la brecha calendárica. Ligia, la que me sigue en la línea ascendente, me enseñó a leer mucho antes que yo entrara a la escuela formal. Sus métodos no estaban exentos del pescozón y la didáctica chancleta, pero cuando llegué a la primaria me pegaba unas aburridas fenomenales gracias a los eficaces pellizcos de mi hermana, que años después ejerció como maestra federal. A la distancia, me siento muy orgulloso de haber sido su conejillo de indias vocacional. 

Genny siempre me apoyó en mis momentos de rebeldía. Ella era la fuerza más libertaria y desafiante de todos mis hermanos, que me cuentan que desde niña fue una energía fuera de control. Era de las que se iba al extranjero para intercambios estudiantiles y luego se fue a vivir al Distrito Federal, todo ello a pesar de los falsos soponcios dramáticos de mis padres. Cuando me salí del redil familiar, ella le dio asilo en su vida a mis desafíos adolescentes, pero a su vez me enseñó, de una  manera muy amorosa, a revalorar a mis padres. 

A Miriam la reencuentro tarde. A pesar de haber sido la que me llevaba al kínder y de haber sido su odioso chaperón, mis vínculos con ella los tuve a través de su hijo Alejandro, que nació cuando yo tenía 6 años y que a pesar de los celos iniciales se convirtió en lo más parecido que tuve a un hermanito y es uno de mis mejores amigos hasta la fecha.

Cuando Miriam y yo nos redescubrimos años después, sobre todo a partir de la enfermedad que se llevó de este mundo a mi mamá, nos hemos abrazado de nuevo como grandes camaradas, confidentes, paños de lágrimas y celebradores de todo lo que sea susceptible de una sonora y maliciosa carcajada. Y me siento muy honrado de que a pesar de que solamente apoyo con palabras y algunas ideas, ella me sienta parte de su maravilloso sueño gastronómico.

LR. En su casa se leía desde el libro Vaquero, hasta García Márquez y se discutía apasionadamente de política. ¿Qué temas? ¿Había inclinación por algún partido?

 

AP. Se leía de todo. Mis padres eran devoradores de todo lo que pudiera leerse, incluyendo las etiquetas de Astringosol. Los domingos en mi casa eran los días en que se compraban todos los periódicos. Entre semana era solamente El Diario de Yucatán, pero ese día en el cuarto de mis padres ocurría una orgía de información. En el piso debajo de sus hamacas estaban extendidos todos los rotativos posibles. Y mientras me dedicaba a navegar entre las tiras cómicas, podía escuchar cómo hablaban de lo que cada uno leía y era comentado por el otro. La lectura de los diarios duraba todo el santo día y las pláticas sobre lo leído también. 

Y claro, las discusiones ocurrían. Mi mamá siempre fue muy orgullosa. Detestaba agachar la cabeza. Creía en la grat

itud, pero no en la zalamería. Nunca la vi inclinarse frente a nadie y siempre sufrió cuando las circunstancias la obligaban a algo parecido. Mi padre, por el contrario, era de abrazo fácil, de agradecer demasiado los favores, de respetar en extremo las jerarquías y no le molestaba participar en actos que exigían la abierta genuflexión o los vítores. Eran los días de partido único en el país, de los sindicatos con matraca y silbato, de líderes que exigían reverencias y del lo-que-usted-diga-señor-Presidente.

Ninguno simpatizaba con partido alguno. Pero a mi papá no le molestaba seguir la corriente para no alterar el orden de su universo y mi madre era más consciente de su papel como mexicana trabajadora, que cumplía con todas sus obligaciones, que no tenía por qué andarle besando las manos a nadie por eso. Ambas posturas, como era de esperarse, generaban debates sobre el papel de cada uno de ellos frente al poder.

Recuerdo con mucha nitidez una ocasión en que mi papá regresó de una marcha del sindicato de maestros y llevó los banderines, la gorrita y otras joyas de la parafernalia gremial. Mi mamá reaccionó como si mi padre hubiese llevado pornografía a la mesa. Esas eran las posiciones que, lógicamente, hacían de mi padre un potencial votante del oficialismo y a mi madre del descontento, que en ese entonces lo encarnaba -¡ay qué tiempos aquellos!- el Partido Acción Nacional, que en ese entonces encabezaba  actos de resistencia cívica muy importantes. Pero nunca los oí hablar bien de ningún partido. 

LR. Su primera caricatura crítica, según nuestras fuentes, fue sobre su papá, quizá por ser su primera figura de autoridad. ¿Recuerda por qué la hizo?

AP. No recuerdo con nitidez, pero por alguna razón mi padre hizo que terminara mi tarea lejos del aparato de TV, que supongo -a juicio de mi señor padre- me robaba concentración. Me pasé malhumorado a la mesa de la sala mientras miraba al jefe de la casa desparramado en su silla “de nido” gozando de la programación en la pantalla. Me pareció injusto tanto el castigo como la actitud asumida por él y lo dibujé tal cual, panza al aire, calva pronunciada, ropa interior y mirando impunemente la tele con actitud de senador romano. Alguien vio el dibujo, se lo mostró a los demás miembros de la familia y el último en enterarse fue la víctima de mis trazos, cuando ya todos hacían mofa de él.

No me regresaron frente a la pantalla, pero al menos hice que él tampoco pudiera ver a gusto su programa.

LR. Según sus propias palabras, usted comienza a dibujar a los 4 años y su mamá, Doña Miriam, permitía que usted pintara en paredes, ropero, mesa, etc. ¿Cómo es que se lo permitía? ¿No lo reprendía?

AP. No sé si los agarré cansados, pero fueron bastante permisivos conmigo en ese sentido. El área donde estaba el teléfono era una zona de abierto vandalismo gráfico. Algunas mesas tenían dibujos que solamente podían haberse quitado con solventes que no se habían inventado y la puerta del ropero de mi mamá era un manifiesto de osadías comunistoides e irreverencias ateas, seguramente inspiradas por malas lecturas tempranas de ese tal Rius. 

Dibujaba por compulsión. Para estar conectado con el mundo, necesitaba estar en alguno que saliera de mis lápices. Para concentrarme, necesitaba hacer trazos que para los demás -maestras, sobre todo- era una abierta majadería y una señal de holgazanería mental. Explicarlo era extremadamente difícil. Ahora supongo que eso ya está tipificado como trastorno y que hay tratamientos profesionales y medicamentos varios para contenerlo, pero para entonces la única opción era vivir con ello, con todas las molestias que ello ocasionara. 

LR. Sus estudios de primaria los hace en las escuelas Luis G. Monzón y Francisco I. Madero. Posteriormente estudia la secundaria en la Federal Número 3. ¿Tuvo alguna influencia el estudiar en esas escuelas públicas?

AP. Mi primaria la estudié inicialmente en la escuela en donde mi mamá daba clase. Cuando llegué a tercer año, pedí estar en su salón. El resultado fue que mi propia madre me reprobó y me cambió de escuela, teniendo mucho cuidando en ponerme en manos de la maestra más estricta y temida de la comarca.

La secundaria la cursé en la misma escuela en donde mi papá trabajaba. La presión de estar en el cuadro de honor todos los meses era enorme. Cualquier intento de holgazanería era automática e instantáneamente reportado a mi padre. Afortunadamente, tuvo que cambiar de trabajo, irse a otra escuela y fue entonces que pude más o menos darle rienda suelta al pequeño luzbel, que pedía a gritos salir a escuchar rock pesado y rebelarme contra lo que yo creía que era el mundo.

Había una uniformidad que me molestaba (gracias a los uniformes de la secundaria, el color caqui me parece opresivo, fascista y espantoso), pero agradezco no haber tenido que abrazar credo alguno. El laicismo me sentó bien. Sabía que la historia oficial que se desparramaba en los libros de texto y homenajes cívicos era una religión encubierta, pero podías blasfemar contra ella sin consecuencias culpígenas ni avesmarías.

Mis padres eran creyentes católicos, lograron que yo hiciera mi primera comunión, pero luego dejaron que mis creencias las eligiera con total libertad. Se los agradezco infinitamente.

LR. Y luego estudió su bachillerato en la Preparatoria 1, donde inició su actividad como monero en revistas estudiantiles.

AP. Mi primera incursión en eso lo hice a invitación expresa de la sociedad de alumnos. La revista se llamaba El Aguilucho y colaboré en un solo número con un cartón sobre un conflicto entre Rusia y los Estados Unidos por el derribamiento de un avión coreano. Ya saben…Tío Sam, Oso Soviético y esas ondas. Pero luego caí en cuenta que mis editores  eran parte de algo así como un PRI chiquito, un microcosmos de lo que ocurría en el país. Me despedí de ellos y fui contactado por los que hacían la revista Notiprepa, que para esos días era una especie de órgano editorial de las juventudes comunistas preparatorianas. Luego me la encomendaron y la convertimos en algo más estudiantil, cuestionadora. Ahí sí desplegué más la moneada y nos divertíamos mucho haciéndola. Y aunque no creo que hayamos representado amenaza alguna para el establishment preparatoriano, recibimos amenazas directas de líderes estudiantiles escoltados por conocidos líderes porriles. Esa generación es la que hoy gobierna Yucatán, por cierto. Al salir de la preparatoria le dejamos la revista a un joven brillante e inquieto llamado Jenaro Villamil. Él sí fue expulsado de la prepa por su actividad periodística en Notiprepa.

LR. ¿Cómo conoció a su esposa, la Antropóloga Pía Gómez García? ¿Qué les atrajo el uno del otro? En estos tiempos en que la vida en pareja es muy fugaz, ¿cómo han durado tanto? 

 

AP. La conocí en la preparatoria, pero no sostuvimos una relación hasta la facultad de Antropología, donde coincidimos de nuevo. Lo que me atrajo -y me atrae- de ella es su pasión y su capacidad de explotar y señalar sin pelos en la lengua cuando los asuntos le parecen injustos. Su capacidad de resolver, su energía para ordenar creativamente, su alegría para crear entornos. Lo que ella vio en mí, pregúntenselo a ella. Tengo miedo de que cuando piense “…de Tony me atrajo esto y esto”. Y que voltee a verme y darse cuenta de que no hay nada de eso y que fue estafada. 

La verdad no sé por qué duramos. No sé por qué duran o  no duran las parejas. En mi caso personal, trato de no llevar la cuenta del tiempo, porque sé que si adquiero conciencia de eso, estoy seguro de que sería insoportable. Preferimos no celebrar aniversarios y bodas con nombres de materiales preciosos. En lugar de eso, preferimos brindar por el gusto de seguir admirándonos mutuamente y riendo juntos cada vez que podemos.  En lo doméstico funcionamos tal como dice Alberto Pérez, de La Mandrágora: ella cuida de las olas, yo vigilo la marea. Es la segunda feroz crítica de mi trabajo (el primer lugar lo ocupa un servidor) y mi conciencia ética.

LR. La mala fama de los moneros, como consideraba la familia de Rius, que los veía como borrachines y malvivientes, ¿no influyó en la familia de ella para oponerse a esa relación?

AP. La mamá de Pía, Eloísa García Ancona, es hija del pintor Armando García Franchi, literalmente Maestro de Maestros en los 50´s. Él vivió y desplegó su talento y conocimientos en una época en donde ser artista era una vocación suicida, desde el punto de vista económico. El fantasma estereotipante de la mala paga, la vagancia, la precariedad y la bohemia rodeaban a los artistas. Así que un monero de la década de los 90 no les iba a quitar el sueño. Ahora mi suegra y yo nos presumimos mutuamente. 

LR. En 1994, empieza a colaborar en el Diario de Yucatán, que ha sido la ventana que le ha permitido enseñar su humor gráfico, bueno para unos e incómodo, por no decir amenazante para otros. ¿Quién lo invitó y cómo? ¿Por qué usted aceptó? ¿Cómo ha manejado la libertad que este medio le ha dado?

AP. Me invita alguien del Diario a través de Eduardo Menéndez, director de La Revista Peninsular, pero mi entrevista de trabajo la hago con el periodista Jorge Muñoz Menéndez, el respetado y cada vez más añorado Bonch, quien me abre las puertas del periódico, pero con reservas. Yo mandaba y mandaba cartones, pero aparecían muy esporádicamente. Demasiado, para mi gusto. Venía de una mala experiencia con otro periódico y en ese momento no andaba muy optimista con los medios.

Y justo cuando estaba a punto de tirar la toalla, otro periodista me dijo que no dejara de hacerlo, que estaban poniendo a prueba mi capacidad de respuesta, que querían ver mis reacciones ante las notas del día y mi compromiso con la participación día a día. Me pareció sensato y mantuve la regularidad y con ella sigo. 

La libertad en estos tiempos en los que uno puede ser el medio con simplemente tener un blog o una cuenta de facebook, tendría que ser redefinida. Los medios grandes, los tradicionales, definen sus líneas editoriales en función de varias cosas: su historia, su código de ética, sus relaciones empresariales, sus filias y fobias políticas y sus estrategias de sobrevivencia. Cuando voy a trabajar para algún medio lo estudio bien para saber cuáles son sus fronteras expresivas. No para autocensurarme, sino para saber dónde piso. Lo que no se puede en uno, se podrá en otro, y si no es en éste, se puede en una plataforma WordPress o en mi cuenta de Twitter. La relación de respeto del Diario de Yucatán hacia mi trabajo es muy grande.

Yo mando cuatro cartones diarios. En el periódico escogen día a día dos y las otras dos quedan a mi consideración para ponerlas a circular en mis otras plataformas. 

LR.  El gran cartonista, maestro dibujante, Ernesto El Chango Cabral, egresado de la Escuela de Artes Plásticas de Veracruz, despectivamente llamaba a los nuevos caricaturistas de sus tiempos, como Abel Quezada, Huici, Rius y otros que no tenían destrezas para dibujar, como “moneros”. Pero la caricatura, ya sea de diversión, blanca, de humor negro o política requiere, más que de un buen dibujo, del humor. ¿Tiene alguna idea de dónde le nació ese “defecto” y cómo se le ha desarrollado?

AP. Pues aparte del entorno familiar en el que crecí (con un papá que por todo hacía chistes), puedo agregar que quizá haya influido el hecho de haber sido el más pequeño en todos lados, y al más pequeño siempre lo traen de puerquito, porque siempre hay quien querrá pararse sobre el débil, para que no se note que el abusador es el más débil de todos. Y siempre será una saludable venganza del agredido imaginarse a los grandes y a los buleadores en las situaciones más absurdas posibles.

La imagen de un grandulón pegándole a un chaparrito, siempre será ridícula, patética, grotesca. Y reírse de ellos siempre los sacará de balance y le devolverá algo de equilibrio -aunque sea aparente- a la desigual ecuación. Los hará perder su compostura, su aura, la falsa sensación de respeto que han creado con miedo, con dinero, con poder. Y quien empieza cuestionando decisiones ridículas en la casa o en la escuela inevitablemente terminará viendo que El Rey (o La Reina, según sea el caso) siempre va desnudo. Y si no puedes evitar la necesidad de dibujarlo aunque no sepas dibujar, entonces eres o serás un monero.

 

LR. En su libro Mis confusiones, memorias desmemoriadas comenta su autor, Eduardo del Río Rius, que en el suplemento dominical Histerietas de La Jornada, con Carlos Payán “empollaron” varios jóvenes y buenos moneros como Patricio, Davino… y Tony, yucateco. ¿Así fue? Y si así fue ¿Cómo se conectó con ellos?

AP. Fue una cosa de nada, envié al suplemento, dirigido entonces por Magú, una serie sobre condones o algo así, un humor muy adolescente. La Jornada era La Meca del monerismo nacional y la aparición del Histerietas fue una poderosa luz que iluminó  a los jóvenes moneros de todo el país. Ya habían experiencias regionales revolucionarias, como la que practicaban Trino, Jis, Falcón y otros a través de La Croqueta/Humor Perro, en Guadalajara. Fue un momento muy estimulante para invitarnos a seguir dándole duro a la pluma. 

LR. En la FILEY 2014, usted acompañó a Rogelio Naranjo, en la presentación de su libro Vivir en la raya y comentó: “La caricatura política rasga la parte sagrada del poder, que reacciona con la amenaza o bien con la seducción”. ¿Qué tipo de seducciones podría recordar?

AP. Hace unas décadas la gente me decía “no te metas con Víctor Cervera Pacheco”. Es un personaje siniestro y peligroso. Vas a terminar despedazado en un barranco y te arrancarán las uñas, los ojos y los testículos y donde antes tenías ojos ahora tendrás testículos y viceversa. Imágenes así de grotescas. Escenarios macabros.

Al señor lo dibujé cuantas veces quise y nunca me dijo nada. Ni bueno ni malo, ni directa ni indirectamente. Pero no había necesidad de que lo hiciera. El miedo -real o no, justificado o no- estaba instalado en la cabeza de la gente. De mi familia, de mis amigos, de personas que me topaba en la calle. La gente opinaba en cafés y bares mirando hacia atrás, por encima del hombro, murmurando.

Ahora no existen demasiados políticos que generen esa sensación colectiva. Los políticos de nueva generación optan por exhibir una especie de tolerancia mezclada con cinismo. Si los caricaturizas te felicitan públicamente y en privado piden comprarte el original del cartón que los mencionó. Optan por el “jajajaja no me dolió”. Se olvidan o ignoran u omiten saber que yo no dibujo para ellos, sino para un lector imaginario, un ciudadano. Otros mandan regalos y cariñitos y se exhiben como mis amigos y me piden comer con ellos para explicarme mejor lo que he malinterpretado. Pero cada vez que puedo les explico que cuando dibujo no veo amigos, veo funcionarios, veo empleados manejando los recursos (y las esperanzas y las expectativas y el futuro) de la gente. Y los observo como se observa a un jardinero que te dijo que cobraría por hacer determinada labor en tu patio. Si la haces bien, pues fantástico, para eso te pagaron, y mucho. No tengo por qué aplaudirte. Pero si lo haces mal, sacaré mi pluma y te lo diré cuantas veces sea necesario.

El caricaturista político no elogia. El caricaturista político que usa su pluma para aplaudir es un retratista del poder, no crítico del poder. La caricatura nace como contrapeso de los poderosos, como arma de los que carecen de poder para vigilar y pincharle las nalgas a los que lo tienen. Con el tiempo la caricatura política se convirtió en parte del periodismo. Esto es, parte de un contrapeso fundamental para las sociedades, parte esencial de un monitoreo colectivo. Por eso es indispensable estar equidistante de toda la clase política. Si creen que un acto ha sido malinterpretado por mi pluma, a lo mejor tu equipo no está manejando bien el asunto de la percepción, de lo que proyectas para afuera. Almorzar conmigo no lo arreglará. Entender la crítica podría ayudar. Y mucho, si lo haces con inteligencia.

Es indispensable que los políticos defiendan el derecho a la crítica desde sus puestos y curules. Cuando no exista la crítica como tal, el espejo les mentirá siempre y nunca sabrán lo monstruosos que se ven. La libertad de expresión no es algo que esté allá, inamovible, blindada, intocable. Es más frágil de lo que creemos. 

 

LR. ¿Piensa que la libertad de expresión se está perdiendo?

AP. Esa libertad en particular siempre estará bajo asedio. Y estos días son días muy oscuros para ella. Cuando no vienen de arriba los intentos para limitarla, judicializarla, criminalizarla y acallarla con cañonazos de convenios publicitarios con letra chiquita, las amenazas vienen de abajo, de nosotros mismos. Hemos convertido las redes sociales en plazas con antorchas, cadalsos, guillotinas y turbas enardecidas en donde privilegiamos el linchamiento por sobre el entendimiento.

Lo que nació para hablar libremente es ahora un instrumento para ver a quién le cerramos la boca hoy. Y esas amenazas de arriba pueden verse favorecidas por las que vienen de abajo. Los extremos pueden tocarse y actuar como una boa constrictor alrededor de su presa.

La crisis de los medios tradicionales agudiza el panorama. Necesitan sobrevivir y la dependencia al gran dinero y lo que está detrás de él vuelve peligroso el libre ejercicio del periodismo. Pocos son los medios que intentan buscar soluciones desde el oficio y con más y mejor periodismo.

LR. ¿Cuál crees que sería la solución a este problema?

AP. Pues tenemos que buscar salidas y reinvenciones creativas entre todos los interesados, estudiando de cerca experiencias ya probadas, potenciarlas y arriesgarnos a probar modelos nuevos sin sacrificar la ética y los pilares del oficio. Los reportajes de largo aliento, con fuentes verificables, con sustento, de interés público, de impacto real, son más importantes que nunca. Y tienen lectores, que es quizá lo más importante. Quizá podríamos apostarle a modelos de financiamientos ciudadanos o fondeos, como lo hacen medios como A

 

nimal Político, que desde su trinchera ha pegado más de tres buenos golpes a la opacidad y a los corruptos que se ocultan detrás de ella.

Es emocionante y muy estimulante ver cómo el buen periodismo sigue teniendo destreza y tino con la honda de David, mientras Goliath compra enloquecido páginas y páginas de publicidad.

LR. Usted declaró en su entrevista con Katia Rejón que le gustaría: “…dejar un poco la inercia de la caricatura diaria, hacer otro tipo de apuntes.” Es sabido que su esposa Pía, atesora celosamente sus inseparables libretas de bocetos e ideas. Así que material tiene ¿Cuándo se decide a tomar el reto? El público espera.

AP. Las libretas existen. Padezco Moleskinesis, fetichismo por esas libretas. La llevo a todos lados porque mi memoria es peor que la de la pececita Dory, la de Nemo. Cuando sale un pájaro de la cabeza tengo que tener a mano una jaula para atraparlo de inmediato. A veces las reviso y salen mariposas, pero también abejas africanas o alacranes con alas. Son ocurrencias, ideas, juegos de palabras, proyectos o simples bobadas. No me corresponde a mí decir si son rescatables o no.

Tengo el problema psicológico (uno más) de que ya no me gusta lo que hice ayer. Lo que hice hace unos años, ¡menos! Cuando alguien me muestra un dibujo que les hice tiempo atrás, invariablemente les ofrezco comprárselo para de

 

saparecerlo de la faz de la tierra. Nunca funciona, pero lo intentaré siempre.

LR. El mismo Rius comenta: “No quedarse en el cartón diario, buscar nuevas fórmulas de hacer humor, la rutina es mala consejera y acaba por hundir al que se descuida en la mediocridad”.

 

Por otra parte, Rafael Barajas El Fisgón, sentencia: “Si algún día el país cambiara, los moneros nos quedaríamos sin trabajo”. Además del humor gráfico político que usted ha desarrollado durante casi 25 años, ya sea impreso, ya sea digital ¿ha pensado crear humor gráfico con otras fórmulas, ya sea en su presentación o en su contenido? ¿Cuáles serían? ¿Por qué no lo ha hecho? ¿Le gustaría hacerlo?

AP. Si estamos hablando por ejemplo de un libro, repito lo que dije hace un momento acerca de mis problemas sobre cómo percibo mi propio trabajo y agregaré que no soy un ser muy gregario, muy social, muy de ansiar tener un micrófono o una cámara frente a mí. Tiro tinta para desaparecer de la escena, como hacen los pulpos. Pero sí, entiendo que un libro es importante, aunque sea como registro. La caricatura es una sucesión de postales del paso de tiempo político, una historia paralela a la contada en los libros oficiales. Las propuestas que me han hecho para publicar un libro o son leoninas o sugieren la presencia de dinero público para su realización. Creo que tendré que limpiar mis viejas orejas para oír propuestas nuevas al respecto.

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