Bitcoin (BTC) Criptomonedas: ¿Ilusión o revolución financiera?

Por: Línea Recta.

6 febrero, 2018.

Por: Carlos A. Rubí Molina

“Invierte en la Bolsa de Valores. Pon tu dinero en empresas sólidas. En bienes raíces. Acumula títulos de commodities…” Han pasado décadas desde la inicial popularización de los métodos financieros y el primer consejo que nos dan –amigos, libros, maestros, consejeros, asesores y hasta la televisión—siempre es el mismo: Minimiza el riesgo. Gana de poco en poco, con intereses, hasta que tengas suficiente retorno para retirarte. No trates de pegarle al gordo. Sé certero. Sé sensato. Sé precavido

Y, después, la locura de 2017 llegó a cambiarlo todo.

En lo que fue, a todas luces, un año radical para numerosos campos (entre ellos, el político, el social y el cultural, así como –lógico—el económico), un relativamente nuevo jugador arribó a la escena global. Con la promesa de reinventar los mercados financieros de todo el mundo con un sistema descentralizado y ultra privado, las criptomonedas se popularizaron tanto que la valuación de la más popular, la célebre Bitcoin, se disparó hacia diciembre a la friolera cantidad de más de 260 mil millones de dólares (276 bdd).

Y, después, se convirtió en lo que prometió nunca llegar a ser: un elemento más de la cadena financiera. Peor: un elemento impredecible y volátil.

2008, colapso financiero

Regresemos a 2008. El mundo estaba sumido en los efectos del colapso de los grandes bancos por la crisis inmobiliaria en EEUU; miles de personas habían perdido su patrimonio––ni qué decir de sus inversiones. La incertidumbre reinaba en la mente de propios y extraños. Ahí, en un lugar todavía desconocido, comenzó el mito de Bitcoin: Satoshi Nakamoto, el pseudónimo del misterioso creador de esta criptomoneda, publicó el documento génesis (whitepaper) sobre este nuevo método de intercambio digital.

“He estado trabajando en un sistema nuevo de dinero electrónico, que es totalmente peer-to-peer (de usuario a usuario), sin terceros involucrados”, escribió Nakamoto cuando publicó la propuesta entre sus amigos cercanos. Esta declaración es la mejor forma de describir todo lo que Bitcoin quería –y debía—de ser; para decirlo en otras palabras, Bitcoin debía de sustituir no sólo a los grandes bancos (esos organismos “traidores” del usuario final), sino al mercado internacional de intermediarios que juegan con tu dinero, o bien, que te cobran por manejar algo que ya es tuyo. ¿Suena utópico? ¡Lo era!

Moneda de Internet

Nakamoto, sin embargo, no pretendía eso; simplemente quería crear una “moneda de Internet” para pagar mercancía, servicios y bienes en línea. No pretendía reinventar los sistemas financieros. Y, durante muchos años, así fue; esta criptomoneda se convirtió en una herramienta de nicho, usada por algunos merchants y particulares, pero sin un verdadero impacto mundial o en networks. Una vez más, una creación del Internet se quedó ahí. ¿O no tanto así?

Poco a poco, usos alternativos de Bitcoin comenzaron a aparecer. Sitios de contrabando ilegal como Silk Road o Valhalla la convirtieron en su moneda de facto, encontrándole un motivo similar a lo que Nakamoto se imaginó, a pesar de traficar con mercancía y servicios ilícitos: un sistema que facilite una transacción privada entre dos personas (particulares) sin que haya necesidad que una entidad financiera ejecute el intercambio—y, por ende, lo regule y cobre tarifas de manejo. Y de esa manera, Bitcoin vivió en (relativa) paz, hasta que el resto del mundo vio –e imaginó—su utilidad para otros rubros, o para hacerse ricos.

 

Su base es la fe y la legalidad

Pero hablar de Bitcoin y las diferentes criptomonedas no podría estar completo sin explicar la tecnología que les da vida. El blockchain –en español, la cadena de bloques— es un sistema informático que permite la creación y mantenimiento de una serie de datos inmutables y verificados por una red global de computadoras. En otras palabras, un registro de eventos que suceden en determinado momento en el tiempo, a los que después se les otorga “fe y legalidad” por una gran red mundial de personas con intereses concretos en la veracidad de la cadena y que velan por sus intereses.

De esa forma, toda creación, intercambio y gasto de la moneda se registra en la creciente cadena, facilitando el seguimiento de los movimientos del mercado pero incentivando la privacidad de los usuarios y actuando como “organismo central”. Vaya, un modernísimo libro de contabilidad automatizado y transparente.

Y cuando la gente se percató de los posibles usos (y abusos) de un sistema con esas sólidas bases fundamentales, la utilización de las criptomonedas se disparó. Es entendible, ya que crear Bitcoins se basa en una práctica llamada minería, que se logra por medio de una computadora conectada a la red global que va, a lo largo del tiempo, aportando poder computacional para verificar los bloques que se van creando en la cadena, logrando esa retroalimentación mundial de la que hablábamos. Al completar una meta (normalmente un bloque), uno recibe una recompensa en Bitcoins. Y para minar, únicamente necesitas dicha computadora, una conexión a Internet y electricidad. ¿Sencillo, no? ¿Utópico, de nuevo?

La realidad es que el panorama es mucho más complicado de lo que parece. En teoría, como mencionamos, uno podría obtenerlas sin tener que “comprarlas”, es decir, cambiarlas por alguna moneda del mundo real, o bien, interactuar con una institución financiera (de eso se encarga el blockchain). Pero la realidad es que la minería tradicional (una computadora, poder de procesamiento y la acaparación de monedas para posterior uso en transacciones basadas en la misma currency) es tan sólo una mínima parte del mercado mundial, porque en poco tiempo éste se llenó de intermediarios que luchaban por establecer una tasa de intercambio de Bitcoin (BTC).

1,309 BTC para comprar 1 dólar

Tan sólo tomó un año para que Liberty Standard, el primer “valiente” en intentar fijar un valor por BTC, estableciera que 1 dólar equivalía a 1,309.03 BTC, basado en el precio de la electricidad involucrada en el proceso de minería de monedas. Muchos otros siguieron el ejemplo con sus propios métodos y guías, triunfando y colapsando por igual, pero alejándose del anhelado consenso que Nakamoto mencionó tiempo atrás.

¿Nos vamos acercando al concepto del mercado financiero tradicional? No es una coincidencia. Por cientos de años, el mundo ha funcionado con base en leyes muy fijas de cómo debe moverse el dinero a lo largo de redes y organismos internacionales, que operan bajo un sistema for-profit, lógicamente, y las cosas tienden a regresar a la media. Sin embargo, esto no detuvo el crecimiento de BTC. Y a pesar de que la moneda sigue siendo técnicamente de usuario-a-usuario, hay tantos intermediarios que parecería que tomaron el lugar de los grandes bancos. ¿No es precisamente esto lo que las criptomonedas pretendían eliminar?

A 2017, 1 BTC igual a 10,000 dólares

Fast-forward a diciembre de 2017. El mercado ha generado tanto interés en Bitcoin que el precio base de 1 BTC ha estado ascendiendo a niveles previamente insospechados incluso por los expertos más optimistas. Más de 10,000 USD por unidad es una vista común ahora. Todo el mundo quiere una pieza del pastel y, claro, todos tienen una anécdota al respecto. “¿Por qué no compré cuando estaba barato?” “¡Me robaron mi cartera de BTC!” “El intercambio de mi elección no me permite vender mis BTC hasta que baje el precio mundial”… y muchas, muchas más.

Apostar a las criptomonedas se alejó de ser un sustituto de los sistemas tradicionales de finanzas y se convirtió en un juego de apuestas altas, similar a la Bolsa de Valores pero mucho más volátil, donde hay un boom y un bust casi cada mes, y donde cientos de personas pierden cantidades enormes de dinero, al mismo tiempo que otros las ganan de vuelta, en el juego más cruel de toma y daca que el mundo ha creado.

En otras palabras, estamos de vuelta en 2008. Incluso, varias otras criptomonedas derivadas de Bitcoin han proliferado –algunas mejores que otras, con usos más prácticos y ventajas, pero al mismo tiempo tan inciertas como la original—, mientras que el precio por unidad se mantiene tan volátil que nadie quiere aceptarlas para pagos de servicios o mercancía. Y, peor que todo, la locura actual ha elevado el precio de la materia prima para generarlas, la electricidad. Y ni qué decir del correspondiente daño al medio ambiente que esta fiebre de oro está creando (una sola mina –un ordenador poderoso— genera casi tanta contaminación por hora como un avión jumbo Boeing 747, por poner un ejemplo).

El interés humano, contaminó al BTC

Nakamoto, un visionario liberal que pretendía alejarse del dominio de la moneda ejercido por los entes gubernamentales, bursátiles, corporativos y banqueros, terminó creando  de manera involuntaria las bases para el más reciente esquema de riqueza rápida del mundo, que no conserva ni un dejo de las características y herramientas que generaron gran emoción como la innovación más importante del siglo. En realidad, estamos viendo una economía secundaria con todas las red-flags que llevaron al mundo a la crisis financiera de la década pasada. En práctica, tal vez lo mejor que ha salido de esta locura es la tecnología de cadena de bloques, que tiene interesantes aplicaciones en el mundo real.

Sin embargo, una vez más, podemos concluir que lo peor que le ha pasado a la tecnología es caer en manos de los intereses de los seres humanos. Tal vez, sólo tal vez, la ciencia ficción tiene razón y estaremos mejor cuando la inteligencia artificial domine el mundo. Al menos –y esto sí es una certeza— tendremos mucho menos problemas económicos. Y para llegar a eso, bastará con pagarles con un par de Bitcoins.

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