En estos tiempos de masificación, tecnología, de sobrecupo, del dichoso postmodernismo, de a fin de cuentas un gran vacio espiritual, los artistas han padecido de ser uno de los intentos de la humanidad para compensar esta pérdida. Desgraciadamente ha sido un esfuerzo a través de la inflación de la individualidad tomando al Yo como la “fuerza creativa”, el hombre como dador de poder y magia vital al objeto artístico. Esto nos lleva hasta los extremos de la idolatrización de lapersona del artista: su casa, su pluma, su jardín, sus vicios, sus opiniones, etcétera; a veces por encima de una profunda y honesta contemplación de su obra. El resultado más común de esta hybris es un movimiento inverso en el cual se revierte aquel impulso y toma la forma de incomprensión, de justificación teórica extensa, de una simple moda, de “¡qué interesante!”, de desvalorización a tal grado que sólo sirve para poseerse, en pocas palabras de ser un arte más que pobre, aburrido.
Afortunadamente nunca han dejado de existir los buenos artistas, cuyo arte los sobrepasa, es decir gente con la capacidad de ser un canal por el cual tengan la posibilidad de concretarse, tomar forma y darse a la vida los contenidos, flujo, corriente, emanaciones, vibras (o lo que sea) de esa fuerza creativa, cohesionante y dinámica que hace que las cosas giren y que nosotros demos brincos sobre ellas. Quizá esto ya huele a mística, pero es justo a lo que voy. El fenómeno que describo arriba se deriva en cierto modo (tal vez en gran parte, por no decir totalmente) de la transición del arte de lo sagrado a lo profano, convirtiendo a la obra del artista en un mero objeto ornamental. El matrimonio que había entre el arte y lo sagradocumplía la función específica de exaltar algo, un dios, escena o principio más allá de lo humano, sin prescindir necesariamente de éste como modelo o encarnación.
La famosa inspiración era el esfuerzo del artista por sintonizar y llenarse de ese principio al cual pretendía servir. En este servicio radicaría la verdadera humildad del artista. Una manera de sintetizar todo esto es imaginar al artista como unmensajero que que sabe llevar algo sin maltratarlo ni destrozarlo. Quizá a veces para él sea ilegible el mensaje, otras tal vez se requiera la comprensión del mismo, que inevitablemente lleva al artista a su propio laberinto, a perderse con pocos asideros en sitios oscuros e inciertos. Tener (por decirlo de una manera) la moto y el morral -no cualquiera los tiene- implica un compromiso y no dejarse caer en la complacencia. Lydia Peña me parece excelente ejemplo de todo esto. Su obra la sobrepasa como persona, la trasciende. Su propio laberinto no obstruye el mensaje, lo colorea, lo ambienta, lo sostiene. El manejo técnico con su fuerza y perseverancia no obliga sino que permite, ahí donde no todos entienden que la disposición implica un trabajo fuera del supuesto y del escrúpulo.
Sin regresar al tema religioso, logra generar un espcio místico donde el árbol, el cuerpo, la roca, el animal, son algo más que un árbol, un cuerpo, una roca o un animal. Es decir, donde el objeto trasciende su expresión autoreferencia y se convierte en símbolo. Ahora bien, en sus obras la mirada recorre un camino de lo figurativo a lo abstracto y de la forma al color y a la textura. Regresa y vuelve de nuevo, cada vez más profundamente. Genera esa espiral que será el espacio reservado, dónde el símbolo actuará y rozará lo sagrado. Pues la ofrenda, el gallo, la pendiente, la montaña, el árbol, la tierra, los subsuelos, el ave, los insectos, la rueda, son incisivamente sugestivos y reniten a algo más allá de su existencia sola y su cualidad estética en el sentido tradicional de este concepto.
Existe en su obra una capacidad de penetración muy impresionante. No sólo me refiero a que en sus cuadros podemos entrar más y más, sino también a que simultáneamente activa fibras muy internas en los adentros del que observa. Al pensar en las obras de Lydia Peña como reuniones o apariciones de símbolos y espectros en la invocación de una escena, la imagino como a Odiseo en las puertas del Tártaro conteniendo y alimentando con sangre -que no es más que vitalidad- a las siluetas que emergen, ávidas y deseosas desde lo profundo: bosque, caverna o inconsciente.
Su obra, fruto del ensueño y una tremenda sensibilidad viaja por un largo camino que, como el de los buenos artistas, nunca será recto ni llano, pero es algo para estar contentos porque esos espacios de confusión y búsqueda dan peso y ayudan a combatir la banalidad que a veces hace tanto daño al arte. Sus trabajos no carecen de aire pues aunque nos conecta y sumerge hacia puntos profundos, nunca nos priva del respiro y la esperanza. Esto es algo muy valioso. A fin de cuentas siento que el arte no es tanto un secreto a comprender sino un regalo a compartir y que Lydia Peña logra llevar y regalar. En pocas palabras: ser una gran mensajera.
Luis Leñero Elu
La Espiral del Espacio Reservado